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Del mismo modo que los seres humanos cooperamos y nos ayudamos para que la vida en sociedad sea posible, en la naturaleza la colaboración entre especies también es clave. Lejos de ser una excepción, muchas formas de vida dependen de la convivencia y de relaciones de beneficio compartido para sobrevivir, aunque también existen relaciones que perjudican a una de las partes.

En biología, este tipo de colaboración se llama mutualismo, pero no es la única forma de convivencia entre especies. Forma parte de un fenómeno más amplio conocido como simbiosis, que engloba todas las relaciones estrechas y prolongadas entre dos especies distintas, en las que al menos una obtiene beneficio. Este fenómeno adopta múltiples formas y es especialmente común, y fascinante, en el medio marino.

¿Qué es la simbiosis?

Imaginemos por un momento dos compañeros de piso. Uno de ellos se encarga de cocinar, mientras que el otro se ocupa de limpiar la casa. De esta manera, ambos aportan algo a la convivencia y salen ganando. Esta podría ser una buena alegoría de una relación simbiótica basada en el beneficio mutuo. Sin embargo, no todas las relaciones simbióticas funcionan así: en algunos casos solo una de las partes se beneficia, e incluso puede hacerlo a costa de la otra.

En biología marina, y en biología en general, se distinguen tres grandes tipos de relaciones simbióticas:

  • Mutualismo: ambas especies se benefician de la relación. Es una colaboración en la que las dos partes ganan.
  • Comensalismo: una especie se beneficia mientras que la otra no obtiene ni beneficios ni perjuicios aparentes.
  • Parasitismo: una especie se beneficia a costa de la otra, que resulta perjudicada.

Además de esta clasificación, también se puede hacer referencia a la simbiosis para definir un tipo de relación específica que se da cuando dos especies son dependientes y se benefician mutuamente para lograr su supervivencia. En este caso hablamos de una simbiosis estricta.

Simbiosis en el mar

Si pensamos en relaciones simbióticas en el mar, seguramente lo primero que nos viene a la cabeza es la famosa escena de Buscando a Nemo: los peces payaso viviendo entre los tentáculos protectores de una anémona.

En el océano, donde las condiciones pueden ser extremas y los recursos limitados, este tipo de alianzas son muy necesarias. Desde arrecifes de coral hasta las profundidades marinas, las relaciones simbióticas están presentes en multitud de especies, ayudándoles a alimentarse, protegerse o reproducirse.

Un castillo ambulante en el Mediterráneo

En el Mediterráneo podemos encontrar muchos más ejemplos que Nemo, y no menos cinematográficos. Por ejemplo, la medusa huevo frito (Cotylorhiza tuberculata), además de ser inconfundible por su aspecto, funciona como un pequeño ecosistema flotante, casi como un castillo ambulante al estilo del Studio Ghibli.

Cotylorhiza tuberculata. Créditos: Dani San Román.

Bajo su campana nadan pequeños jureles y otros peces juveniles que la utilizan como refugio frente a depredadores. Para los peces, la medusa es un refugio seguro durante una etapa muy vulnerable de su vida. Para la medusa, la presencia de estos peces no siempre supone un beneficio claro ni un perjuicio evidente. Por eso, esta relación se suele considerar como un ejemplo de comensalismo.

Otras medusas, como la Rizhostoma pulmo, también son refugio de especies. Créditos: Jordi Sànchez.

Un hogar luminoso

También hay otras medusas que podemos encontrar en el Mediterráneo como la medusa invertida (Cassiopea andromeda) o incluso la propia Cotylorhiza tuberculata  que viven en simbiosis con microalgas fotosintéticas llamadas zooxantelas. Estas algas habitan en los tejidos de la medusa y realizan la fotosíntesis, produciendo nutrientes que sirven de alimento para su hospedadora.

A cambio, la medusa les proporciona un lugar seguro donde vivir, acceso a la luz solar y los compuestos necesarios para que puedan desarrollarse. Ambas especies se benefician claramente de esta relación, por lo que se trata de un caso de mutualismo.

Detalle de una Cotylorhiza tuberculata. Créditos: Dani San Román.

Un océano lleno de alianzas invisibles

El océano, al igual que el mundo en la superficie, está lleno de alianzas y colaboraciones, algunas evidentes y otras completamente inesperadas. Comprender estas relaciones nos permite mirar al mar con otros ojos y reconocer que cada organismo cumple una función esencial en el equilibrio del ecosistema. Respetar la biodiversidad marina implica entender que nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, pueden tener consecuencias profundas. Por ello, para proteger el océano es imprescindible valorar y preservar la compleja red de relaciones que sostiene la vida marina en su conjunto.

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