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Todos hemos visto imágenes de tortugas marinas atrapadas en redes, playas cubiertas de plásticos o peces interactuando con residuos. Son escenas que impactan, preocupan y nos recuerdan que la contaminación marina por plásticos es uno de los grandes retos ambientales de nuestro tiempo. 

Acumulación de residuos plásticos en una zona costera, una de las caras más visibles de la contaminación marina. Créditos: SUBMON.

Ante imágenes así, puede ser fácil sentir que el problema nos supera. Sin embargo, gran parte de esta contaminación puede prevenirse. Eso no significa que la solución sea sencilla. No basta con recoger los residuos cuando ya han llegado a las playas o al mar: detrás de la basura marina existe un sistema mucho más complejo, en el que intervienen nuestros hábitos de consumo, la gestión de los residuos, las infraestructuras, las actividades humanas y el transporte de estos materiales a través de los ríos, el viento o las aguas residuales.

Por eso, para afrontar el problema de los plásticos de forma eficaz, es necesario entender dónde empieza realmente la basura marina, cómo recorren los residuos el camino hasta el océano y qué podemos hacer para evitar que lleguen a formar parte de los ecosistemas marinos.

El mar no genera residuos: los recibe

Se estima que el 80 % de la basura marina procede de fuentes terrestres y que aproximadamente el 85 % está compuesta por plástico. Esto significa que gran parte de los residuos que acaban flotando en el mar o depositados sobre el fondo no fueron abandonados directamente en la playa o durante una actividad en el medio marino, sino que llegaron hasta allí a través de un sistema interconectado en el que el agua, el viento y nuestras propias infraestructuras pueden transportar los residuos desde tierra hasta el océano.

Un envase abandonado en una calle, una bolsa arrastrada por el viento o un plástico olvidado en un entorno natural pueden iniciar un viaje que termina, semanas, meses o años después y a kilómetros de distancia, en el océano.

Un envase desechado puede recorrer grandes distancias antes de acabar en el océano, donde pasa a formar parte de ecosistemas en los que nunca debería haber estado. Créditos: SUBMON.

Una de las principales vías de transporte son los ríos. Actúan como auténticas autopistas que conectan el interior con la costa, arrastrando los residuos acumulados en sus cuencas hasta el océano. Un estudio publicado en Nature Communications estimó que entre 1,15 y 2,41 millones de toneladas de plástico llegan cada año al océano transportadas por los ríos del mundo. 

Pero los ríos no son el único camino. Las lluvias intensas y las riadas pueden movilizar residuos abandonados en calles, cunetas y espacios naturales; el viento transporta los materiales más ligeros; y las aguas residuales también pueden convertirse en una vía de entrada de determinados residuos al medio acuático.

Un ejemplo cotidiano son las toallitas húmedas, los bastoncillos de algodón o algunos productos de higiene personal que todavía parte de la población tira por el inodoro. Aunque desaparezcan de nuestra vista al tirar de la cadena, no siempre desaparecen del medio ambiente. Muchos de estos residuos generan problemas en las redes de saneamiento y, dependiendo del material y del sistema de depuración, pueden acabar contribuyendo a la contaminación de ríos y mares. 

A estas fuentes terrestres se suman las actividades que tienen lugar en el propio océano. La pesca, la acuicultura, la navegación, el transporte marítimo o determinadas actividades recreativas también pueden contribuir a la presencia de residuos por la pérdida accidental o la gestión inadecuada de cabos, redes, cajas, envases y otros materiales.

Todo ello nos recuerda que el mar no es el origen del problema. Es el destino final de un sistema profundamente interconectado.

El problema no termina cuando el plástico llega al mar

Una vez que los residuos alcanzan el océano, su viaje continúa. Las corrientes marinas pueden transportarlos y dispersarlos a grandes distancias, haciendo que la contaminación por plásticos no se limite a playas muy frecuentadas o zonas próximas a grandes ciudades. Hoy encontramos residuos plásticos incluso en algunos de los lugares más remotos del planeta, desde las regiones polares hasta las zonas más profundas del océano. 

Pero su presencia en el medio marino no es solo una cuestión de acumulación. Una vez allí, los residuos pueden interactuar con los ecosistemas y la biodiversidad de formas muy diversas, con consecuencias que van mucho más allá de las imágenes más impactantes que solemos asociar a la contaminación por plásticos.

Las consecuencias más visibles son también las más conocidas. Tortugas, aves, peces o mamíferos marinos pueden quedar atrapados en restos de redes o cabos abandonados, ingerir plásticos al confundirlos con alimento o sufrir lesiones que afectan a su supervivencia. Los residuos también impactan a especies sésiles y hábitats sensibles, como praderas de fanerógamas marinas, fondos coralinos y arrecifes. Incluso la interacción aparentemente inofensiva de un animal con un objeto extraño nos recuerda hasta qué punto los residuos de origen humano han pasado a estar presentes en ecosistemas de los que nunca deberían haber formado parte.

Los residuos de origen humano han pasado a formar parte de entornos donde nunca deberían estar, incluso en espacios marinos protegidos como el Parc Natural del Montgrí, les Illes Medes i el Baix Ter. Créditos: Fernando Aguado.

Existe, además, otra forma de contaminación mucho menos evidente. Los plásticos no desaparecen cuando dejan de ser visibles. Con el paso del tiempo, la radiación solar, el oleaje y otros procesos físicos pueden fragmentarlos en partículas cada vez más pequeñas hasta convertirse en micro y nanoplásticos.

En SUBMON ya hemos hablado anteriormente sobre cómo se generan y sus efectos sobre la vida marina en nuestra infografía sobre microplásticos y vida marina. Estas pequeñas partículas pueden incorporarse a la cadena trófica marina, por ejemplo, al ser ingeridas por el zooplancton. Estudios han observado efectos negativos sobre la alimentación, la supervivencia y la reproducción de algunos organismos marinos, mientras que otras investigaciones han documentado la presencia de micro y nanoplásticos en una amplia variedad de especies a lo largo de la cadena trófica.

Por ello, la preocupación por los fragmentos pequeños de plástico va más allá de la conservación del medio marino. Su presencia en peces, moluscos y otros organismos de consumo humano, así como su detección en el aire, el agua y los alimentos, ha despertado un creciente interés y preocupación a nivel científico. En los últimos años también se han identificado microplásticos en distintos tejidos y órganos humanos. Aunque todavía existen importantes incógnitas sobre sus efectos en la salud, su presencia generalizada pone de manifiesto que la contaminación por plásticos trasciende el medio marino y constituye un desafío ambiental y de salud pública que sigue siendo objeto de investigación.

La solución empieza mucho antes de llegar a la playa

Las limpiezas de playas y las acciones de retirada de residuos son fundamentales, pero actúan cuando el problema ya ha alcanzado el medio natural. La verdadera prevención empieza mucho antes: reduciendo el consumo de plásticos innecesarios, apostando por alternativas reutilizables, gestionando correctamente los residuos y avanzando hacia modelos de producción y consumo más sostenibles.

Pero la responsabilidad no recae únicamente en la ciudadanía. Las administraciones públicas, las empresas y quienes diseñan, fabrican y comercializan productos también desempeñan un papel esencial. Mejorar el diseño de los envases, reforzar los sistemas de recogida, reutilización y tratamiento de residuos e impulsar políticas públicas eficaces son medidas fundamentales para reducir la contaminación por plásticos desde su origen.

La basura marina no empieza cuando un plástico llega al agua, empieza mucho antes. Comprender ese recorrido nos recuerda que proteger el océano también empieza mucho antes de llegar a la costa.

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